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viernes, 29 de mayo de 2026

Terapia Gestalt y Lucha de clases

"La persona no se desarrolla por arte de magia, 
se desarrolla porque lucha, porque transforma 
y transformando las circunstancias, la persona 
se transforma a sí misma"
-Marta Harnecker, 2014

No hay salud social posible en condiciones de explotación sostenida... Pero tampoco hay lucha sostenible sin espacios donde sostenernos comunitariamente.
Reflexionar sobre la relación entre Terapia Gestalt y lucha de clases implica detenernos en un cruce que pocas veces aparece en nuestras (de)formaciones. Un puente que no solemos transitar, pero cuya existencia resulta imposible ignorar cuando intentamos comprender el sufrimiento humano en toda su complejidad. Y es precisamente esa reflexión la que me lleva a pensar en algo que llamo "ser solidarixs con la clase trabajadora que lucha".
Porque ser solidario con esta lucha de clases no solo es un gesto "ideológico" o "publicitario".
Ignorar las condiciones materiales de nuestros consultantes implica correr un riesgo bien fuerte: el de traducir un sentimiento social ("del campo" como le llamamos), en un problema individual. Es así como el cansancio o hartazgo por una jornada laboral extenuante, lo podemos convertir en "falta de autocuidado", o la precariedad producida por los pésimos salarios en nuestra región, en "mala gestión emocional", o la violencia estructural, en "es que no sabes poner límites"... Y así sucesivamente, con la magia que la psicologización de fenómenos políticos que nuestra (de)formación nos dio.
Comprender la lucha de clases implica reconocer que no todxs tenemos el mismo punto de partida; que el acceso al tiempo, al descanso, a la salud, a redes de apoyo, no es tan equitativo que digamos. Eso configura el campo en el que surgen nuestras experiencias, los síntomas y las posibilidades para hacer/crear/construir.


Y quizá valga la pena insistir en esto: reconocer las condiciones materiales no implica negar la responsabilidad, la agencia o la capacidad de transformación de las personas; más bien, implica comprender que la libertad siempre es ejercida desde condiciones concretas. No elegimos el punto de partida, los recursos disponibles, ni las múltiples adversidades que configuran nuestra existencia, pero sí nos relacionamos con ellas de diversas maneras. El problema aparece cuando olvidamos esas condiciones y terminamos exigiendo a las personas posibilidades que el propio entorno obstaculiza o les niega. Porque una cosa es acompañar la construcción de alternativas y otra muy distinta responsabilizar individualmente a alguien por obstáculos que son producidos social y estructuralmente.
La solidaridad entonces, no es "sentir lástima" ni romantizar la precariedad, es posicionarse críticamente frente a las condiciones que producen sufrimiento, evitando culpabilizar a quienes las padecen y quienes las viven día a día. Es preguntarnos ¿qué de esto es verdaderamente "elección" y qué es una condición del campo (coeficiente de adversidad le llamaría Sartre)?¿Qué significa "cambiar" en terapia cuando las opciones están limitadas materialmente?


Ser solidarios con la lucha de clases NO significa convertir la sesión en una clase de filosofía política, sino sostener una mirada que no aísle a la persona de su entorno, percibiendo que las condiciones materiales e históricas entran en juego. Porque al final, acompañar procesos humanos sin considerar estas condiciones materiales, es trabajar en el vacío, en la ficción: la de un individuo que no tiene historia, cuerpo, ni sociedad (y no existe tal cosa).
Hoy escribo desde mi lugar de enunciación (Ribeiro, 2020), desde ese lugar en el cual, igual que otrxs colegas, me tengo que levantar todos los días para trabajar en las (j)aulas, en el consultorio o en las diversas actividades que ejerzo para sobrevivir al capitalismo voraz. Porque también vale la pena decirlo: como terapeuta pertenezco a la clase trabajadora y la razón de llamarlo solidaridad es que esta, solo se puede ejercer entre iguales, en horizontal (los créditos de esta última idea son del buen Galeano). Aquí también la importancia de conocer desde dónde hablamos, escribimos y/o ejercemos para acompañar con consciencia a nuestra comunidad.
¿Y entonces, qué hacemos con esto? Si tomamos en serio estas reflexiones, quizá también valga la pena preguntarnos qué formas de organización, discusión y acompañamiento estamos construyendo entre colegas. Porque si el sufrimiento tiene dimensiones sociales e históricas, nuestra respuesta tampoco puede agotarse en el trabajo individual de consultorio. Necesitamos espacios para pensar críticamente nuestra práctica, para cuestionar nuestras propias condiciones laborales, para formarnos políticamente (y no solo en la teoría terapéutica, sino en más miradas que brinden profundidad a nuestra perspectiva de campo), y finalmente, construir redes de apoyo y solidaridad que nos permitan sostener tanto el acompañamiento terapéutico como las luchas en la calle por una vida más digna.
Víctor Jara dijo una vez: "Yo soy un trabajador de la música, no soy un artista. El pueblo y el tiempo dirán si soy un artista. Yo, en estos momentos soy un trabajador. Y un trabajador, con consciencia muy definida, como parte de la clase trabajadora que lucha por construir una vida mejor"...
Desde nuestro lugar quedaría: "Yo soy un trabajador de la comunidad, si acaso, tengo el oficio de acompañar las experiencias humanas. Yo en estos momentos soy un trabajador. Y un trabajador, con consciencia muy definida, como parte de la clase trabajadora que lucha por construir una vida mejor".
¡México, Palestina y América Central: La Clase obrera es Internacional!

Psic. Davy Aguilar
Terapeuta Gestalt

martes, 2 de junio de 2020

Escribir desde la rabia, cuestionar desde el privilegio y luchar desde la colectividad


I can´t breathe…
George Floyd

Hay días como hoy, en los que la desesperación se anida en mi pecho y la desesperanza recorre todo mi cuerpo como si fuera su casa. Otros días me visita la tristeza, a quien conozco desde hace bastante tiempo y nos tomamos un café en la puerta de mi departamento, mientras contemplamos la lluvia caer. Pero estos últimos días, el sentimiento de rabia se ha apoderado de mis entrañas, me quema como fuego en la garganta y estas cuatro paredes sofocan mis gritos pidiendo justicia a un sistema que lleva milenios haciéndose el sordo.

Es por esa razón que he decidido convertir mis gritos ahogados en palabras y mis puños cansados en dedos que teclean, para cuestionarme desde mi propio privilegio y mi posibilidad de quedarme en casa, haciendo un llamado a quienes luchamos desde cada trinchera para que la llama de ésta rabia nunca se apague, "hasta que la dignidad se haga costumbre" (Sub. Galeano y Comdta. Ramona, EZLN).


En un país donde existen más de 100 mil personas desaparecidas (61 mil personas de acuerdo a cifras “oficiales”), donde se asesinan a 10 niñas y mujeres cada día y donde presentamos índices de violencia comparables a otros países que enfrentan conflictos armados, la indignación, el miedo y la impotencia son sentimientos con los que tenemos que lidiar cada día y que tienen costos sociales y psicológicos que poco a poco nos están pasando factura.

Haciendo referencia a la entrada anterior de mi compañero Davy   (http://trascendercapsi.blogspot.com/2020/05/el-virus-que-exhibio-la-desigualdad.html), la pandemia ha logrado sacar de manera muy cruda el clasismo, racismo, desigualdad social, xenofobia y el terrorismo de Estado (y de nación) que habíamos estado viviendo desde hace décadas, pero que había estado disfrazado bajo el velo de lo políticamente correcto, sostenido por las estructuras hegemónicas de una sociedad patriarcal, neoliberal y esencialmente capitalista. El virus y la cuarentena, impuestas por la “nueva normalidad”, nos orillan a mantenernos separados, aislados de nuestros compañeros y compañeras de lucha, tratando de encontrar otras maneras mantener nuestra colectividad incluso en la distancia, a través del uso de la tecnología (también mediada por las élites de poder) para subsanar los vacíos que nos deja ésta lejanía que cada vez nos pega más.

Tener la posibilidad de escribir desde la rabia, que sigue estando enmarcada en la  comodidad de mi hogar, me hace replantearme éstos privilegios que me han sido otorgados y me mueve a buscar una forma de ponerlos al servicio de otras y otros, cuyas luchas son distintas pero que pesan tanto como las luchas a las que yo decido apoyar y que me atraviesan. Como una mujer mexicana de tez morena, que se adscribe como feminista interseccional y se nombra como parte de la comunidad queer, he aprendido a simpatizar con las luchas de otros colectivos que han forjado su historia caminando a través de la discriminación, la violencia, la otredad y la invisibilización. Por estas razones y por mi propia historia es que la rabia me mueve a decir: ¡Ya basta!  ¡Nuestras vidas no son desechables, somos personas no cifras! ¡Estamos distanciadxs, pero NO ESTAMOS SOLXS!


¡Exigimos que se haga justicia! La desigualdad social, la violencia de género y el racismo no entran en cuarentena, siguen estando presentes en nuestras vidas de una u otra manera, están en nuestra propia casa, en nuestro barrio, en nuestro Estado y en nuestro país. Las leyes nos siguen violentando de manera sistemática y continúan favoreciendo a un porcentaje reducido de ciudadanos, decisiones que se toman detrás de escritorios de caoba hechos a la medida para el político en turno y que están pensadas para seguir manteniendo el status quo.

Les invito a utilizar la rabia colectiva para luchar contra aquellos que prometieron protegernos pero que nos han sofocado hasta la muerte, aquellos que deciden mirar al otro lado cuando las violencias nos transgreden, porque si no estás indignado… no estás prestando suficiente atención. Miremos más allá de los movimientos a los que representamos o que nos representan, miremos la colectividad que surge de unir todas las luchas, de poner el privilegio al servicio del otro y de mirarnos más allá de nuestras diferencias.


MPAE. Carmita Díaz López
Psicoterapeuta Gestalt y Psicóloga Escolar 
Contacto: 9993353681